Viaje en el tiempo

Recuerdo los últimos días de febrero del año 2012. El invierno daba paso a una primavera prematura que hacía de las calles de Madrid un lugar más placentero. Sentía cómo la brisa helaba mis cachetes sin llegar al desagrado. Al contrario, me producía una sensación de frescura Halls mentolito, muy grata por cierto, mientras caminaba por una de las aceras de la Gran Vía con sentido a El Corte Inglés. Un sol resplandeciente, un cielo tan azul que parecía de película y edificios con más de cien años de antigüedad, producían en mi un efecto, casi alusinógeno, de traslación al tiempo en el que probablemente vivieron mis bisabuelos.

A lo lejos, observé una imagen que llamó mi atención, pero no lograba percibir de qué se trataba. Cuando estuve más cerca me di cuenta, era el afiche de una película titulada La invención de Hugo. En el cartel, aparecía un niño colgado de las agujas de un reloj gigante, que me recordaba una escena icónica de una vieja película de cine mudo llamada “Safety Last!“. Mi atención quedó capturada de inmediato, por lo que me detuve para observar con detalle. Resultaba interesante, pero mucho más cuando supe que la producción estaba dirigida por Martin Scorsese. Ese dato, tan elemental como los que decía el querido Watson, me cautivo y me dejó con muchas ganas de verla.

A escasos 50 metros me topé con una entrada muy bonita de un edificio con aires de años 40. En la cornisa, un letrero enorme enunciaba: Teatro Compac Gran Vía; y una cartelera vintage, que reposaba sobre un atril, recibía a los cinéfilos con letras colocadas manualmente que decían: Hoy, La invención de Hugo a las siete de la noche. Quedé tan encantado que no perdí tiempo en comprar mi entrada. Acercarme a la taquilla fue como viajar al mejor estílo de Martí en Back to the future III. Me recibió una mujer vestida con un uniforme que parecía de otra época. Fue toda una experiencia.

Los boletos estaban acompañados por un folleto que contenía la historia del lugar, cuyas puertas habían abierto en 1944, consagradas al séptimo arte con el nombre de Cine Gran Vía. En aquellos años, esa avenida había sido denominada por Hemingway como el pequeño broadway, ya que la oferta de obras teatrales y proyecciones cinematográficas estaban en pleno auje. Sesenta y ocho años después, me encontraba a punto de ver una película dirigida por Scorsese que presentaba a uno de los principales precursores de los efectos especiales y de la cinematografía mundial, George Melies.

Butacas de terciopelo rojo y una pantalla rodeada de cortinas rojas ubicada al fondo del teatro, me daban la bienvenida. Las columnas tenían ornamentos y apliques dorados por doquier. Grandes Chandeliers iluminaban la sala con magestuodidad. La locación recreaba una atmósfera que por momentos me hacía creer que me encontraba en el set de grabación.

Cuando las luces se apagaron y comenzó la proyección, los efectos del entorno habían enrarecido mi buen juicio. Imaginaba que se había abierto una gran ventana a un capítulo de la historia, que en realidad era ficcticio porque la película estaba basada en un libro denominado La invención de Hugo Cabret, escrito por Brian Selznick. No obstante, fue muy fácil aceptar el pacto de Scorsese para adentrarme de inmediato en aquella película fantástica pero colmada de referencias al mundo real y a la historia contemporánea del cine. Así fue como llegué al lugar adecuado, para ver la película indicada y terminar viajando en el tiempo.

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